La magia según Eliphas Levi

La magia según Eliphas Levi

La magia. Fragmento de Eliphas Levi y su ritual de la alta magia.

Dogma y magia

En la escuela de Alejandría la magia y el cristianismo se dan casi la mano bajo los auspicios de Ammonio Saccas y de Platón. El dogma de Hermes se encuentra casi todo entero en los escritos atribuidos a Dionisio el Areopagita. Sinesio traza el plan de un tratado de los sueños, que debía ser comentado más tarde por Cardan, y compuesto de himnos que podría servir a la liturgia de la iglesia de Swedenborg, si una Iglesia de iluminados pudiera tener una liturgia. Es también en esta época de abstracciones ardientes y de logomaquias apasionadas cuando se une el reinado filosófico de Juliano, llamado el Apóstata, porque en su juventud había hecho, en contra de su voluntad, profesión de fe en el cristianismo. Todo el mundo sabe que Juliano tuvo la desgracia de ser un héroe de Plutarco, fuera de razón, y fue, si así puede hablarse, el Don Quijote de la Caballería romana; pero lo que todo el mundo no sabe es que Juliano era un iluminado y un iniciado de primer orden; era un individuo que creía en la unidad de Dios y en el dogma universal de la Trinidad; era, en una palabra, un ser que no admitía del antiguo mundo más que sus magníficas símbolos y sus muy graciosas imágenes. Juliano no era pagano, sino un gnóstico atiborrado de las alegorías del politeísmo griego, y que tenía la desgracia de encontrar menos sonoro el nombre de Jesucristo que el de Orfeo. Como emperador pagó sus gastos de colegio como filósofo y como retórico, y, después que se hubo dado a sí mismo el placer de expirar como Epaminondas, con las frases de Catón, tuvo de la opinión pública, ya toda cristiana, anatemas por oración fúnebre y un epíteto deshonroso por última celebridad.
Pasemos por alto las pequeñeces del Bajo Imperio y lleguemos ala Edad Media… Tomad ese libro, leed en la séptima página y sentaos después sobre el manto que yo voy a extender y con una de cuyas puntas nos taparemos los ojos… Vuestra cabeza da vueltas, ¿no es eso, y os parece así como si la tierra huyera de vuestro pies? Manteneos firmes y no mirdis… El vértigo cesa; hemos llegado. Levantaos y abrid los ojos; pero guardáos de hacer ningún signo y de pronunciar ninguna palabra cristiana. Estamos en un paisaje de Salvador Rosa. Es un desierto que reposa después de haberse desencadenado en él una tormenta. La luna no resplandece en el cielo. Pero, ¿no veis oscilar las estrellas por entre los matorrales? ¿No escucháis a vuestro alrededor el revoloteo de gigantescos pájaros que, al pasar, parece que murmurarán palabras extrañas? Aproximémonos silenciosamente a la. encrucijada. Una ronca y fúnebre trompeta se deja oír; una infinidad de antorchas e iluminan por todas partes. Una numerosa asamblea se congrega alrededor de un círculo que está vacío; miran y esperan. De pronto, todos los concurrentes se prosternan y murmuran: ¡Helo ahí, helo ahí! ¡Es él! Un príncipe con cabeza de macho cabrío llega contoneándose, sube sobre su trono, se inclina y presenta a la asamblea un rostro humano, al que todo el mundo acude, cirio negro en mano, a ofrecerle un saludo y un ósculo; luego se endereza, lanza una carcajada estridente y distribuye a sus fieles oro, instrucciones secretas, medicinas ocultas y venenosas. Durante esta ceremonia las malezas se incendian y arden mezcladas con osamentas humanas y grasas de suplicios. Druidesas coronadas de una planta parecida al perejil y de verbena sacrifican con falces de oro niños sustraídos al bautismo y preparan horribles ágapes. Las mesas se ponen; los hombres enmascarados se colocan al lado de las mujeres semidesnudas, y comienza la bacanal. Nada falta allí, excepto la sal, que es el símbolo de la sabiduría y la inmortalidad.

Corre el vino a torrentes, dejando manchas semejantes a la sangre; comienza las conversaciones y las caricias obscenas; toda la concurrencia está borracha de vino, de lujuria y de canciones deshonestas. Todo el mundo se levanta en desorden y se forman los corros infernales… Llegan entonces todos los monstruos de la leyenda, todos los fantasmas de las pesadillas; sapos enormes tocan la flauta al revés, y soplan, apretando las ancas con sus patas; escarabajos cojitrancos se mezclan en la danza; cangrejos hacen sonar las castañuelas; cocodrilos hacen piruetas con sus escamas; llegan elefantes y mamuts vestidos de Cupido y levantan las patas como si danzaran… Luego los corros se deshacen y se dispersan… se apagan, perdiéndose el humo entre las sombras… Aquí, allíy acullá se escuchan gritos, carcajadas, blasfemias y estertores… Vamos, despertaos, y no hagáis el signo de la cruz. Yo os he transportado y estáis en vuestro lecho, os encontráis un tanto fatigados, un poco si es, no es magullados, a causa del viaje y de la mala noche; pero habéis visto una cosa de la que todo el mundo habla sin conocerla. Estáis iniciados en terribles secretos como del antro de Trofonio. ¡Habéis asistido al Sabbat! De desear es que no os volváis locos y que os mantengáis en un saludable temor de la justicia y a una distancia respetuosa de la Iglesia y de sus hogueras. ¿Queréis ver ahora alguna cosa menos fantástica, más real, y verdaderamente terrible? Pues os haré asistir al súplicio de Jacques de Molay y de sus cómplices, o de sus hermanos en martirio… Pero, no os engañéis y no confundáis al culpable con el inocente. ¿Hanadorado realmente los templarios ä Baphomet, o han dado un humilde abrazo a la faz posterior del macho cabrío de Mendés? ¿Qué era, pues, esa asociación secreta y poderosa que ha puesto en peligro a la Iglesia y al Estado y la cual exterminaron sin oírla? No juzguéis nada a la ligera; son culpables de un gran crimen, han dejado ver a los profanos el santuario de la antigua iniciación; han recogido para repartirlo entre sí, y hacerse los dueños del mundo, los frutos de la ciencia del bien y del mal. El decreto que los condena se remonta más allá que el mismo tribunal del Papa o de Felipe el Hermoso. «El día que comas de este fruto, morirás», había dicho el mismo Dios, según vemos en el Génesis.

¿Qué ha ocurrido en el mundo y por qué los sacerdotes y los reyes han temblado? ¿Qué poder secreto amenaza las tierras y las coronas? He ahí algunos locos que corren de país en país y que ocultan, según dicen, la piedra filosofal, bajo sus harapos y su miseria. Pueden cambiarla tierra en oro, y sin embargo ¡carecen de pan y de asilo! Su frente está ceñida por una aureola de gloria y por un reflejo de ignominia. El uno ha encontrado la ciencia universal y no sabe cómo morir para escapar a las torturas de su triunfo: es el mallorquino Ramon Liull. El Otro cura con remedios fantásticos las enfermedades imaginarias y ofrece un formal mentís al proverbio que comprueba la ineficacia de un cauterio en una pierna de madera; es el maravilloso Paracelso, siempre ebrio y siempre lúcido como los héroes de Rabelais. Aquí es Guillaume Postel, que escribe ingenuamente a los Padres de Concilio de Trento que ha encontrado la doctrina absoluta, oculta desde el comienzo del mundo y que ya se le hace tarde en compartirla con los demás. El Concilio no se inquieta del loco y ni aun se digna condenarle, pasando al examen de cuestiones tan graves como la gracia eficaz y la gracia suficiente. Aquel que vemos morir pobre y abandonado es Cornelio Agrippa, el menos mago de todos, y a quien el vulgo se obstina en considerarle como el mayor hechicero del mundo, porque era a veces satírico y mistificador. ¿Qué secreto se han llevado todos esos hombres a sus tumbas? ¿Por qué se les admira sin haberlos conocido? ¿Por qué se les condenó sin escucharlos? ¿Por qué están inciados en esas terribles ciencias ocultas de las que la Iglesia y las sociedad tienen miedo? ¿Por qué saben ellos los que los demás hombres ignoran? ¿Por qué disimulan ellos lo que todo el mundo arde en saber? ¿Por qué están investidos de un poder terrible y desconocido? ¡Las ciencias ocultas! ¡La magia! He aquí dos palabras que os dicen todo y que aún pueden hacernos pensar más. De omnire scibili et quibusdam alus.

¿Qué es, por tanto, la magia? ¿Cuál es el poder de esos hombres tan perseguidos y tan fieros? ¿Por qué si eran tan fuertes no han vencido a sus enemigos? ¿Por qué si eran tan insensatos y tan débiles se les dispensaba el honor de temerles? ¿Existe una magia, existe verdaderamente una ciencia oculta que sea ciertamente un poder y que opere prodigios capaces de competir con los milagros de las religiones autorizadas?
A estas preguntas principales responderemos con una palabra y con un libro. El Libro será la justificación de la palabra y esta palabra es: sí, ha existido y existe todavía una magia poderosa y real; sí, todo cuanto las leyendas dicen es cierto; aquí, única y contrariamente a lo que ocurre generalmente, las exageraciones populares no estaban sólo de lado sino muy por debajo de la verdad.

Sí, existe una ciencia que confiere al hombre prerrogativas, en apariencia sobrehúmanas, helas aquí tales y como yo las he hallado enumeradas en un manuscrito hebreo del siglo XVI.

He aquí ahora cuáles son los privilegios y los poderes del que tiene en su mano derecha las clavículas de Salomón, y, en la izquierda, la rama florida del almendro.

Aleph. —Ve a Dios cara a cara, sin morir, y conversa familiarmente con los siete genios que mandan a toda la milicia celeste.

Beth. —Está por encima de todas las aflicciones y de todos los temores.

Ghimel. —Reina en todo el cielo y se hace servir por todo el infierno.

Daleth. —Dispone de su salud y de su vida y puede disponer de las de los demás.

He. —No puede ser sorprendido ni por el infortunio, ni agobiado por los desastres, ni vencido por sus enemigos.

Vau. —Sabe la razón del pasado, del presente y del porvenir.

Dzain. —Tiene el secreto de la resurrección de los muertos y la llave de la inmortalidad. Estos son los siete grandes privilegios. He aquí ahora los que vienen después.

Heth. —Tener la medicina universal.

Teth. — Encontrar la piedra filosofal.

Jod. —Conocer las leyes del movimiento continuo y poder demostrar la cuadratura del círculo.

Caph. —Cambiar en oro, no solamente todos los metales, sino también la misma tierra, y aun las inmundicias de la misma.

Lamed. —Domar a los animales más feroces y saber pronunciar palabras que alienten y encanten a las serpientes.

Men. —Poseer el arte notorio que da la ciencia universal.

Nun. —Hablar sabiamente sobre todas las cosas sin preparación y sin estudio.

He aquí, por último, los siete menores poderes del mago.

Samech. -Conocer a primera vista el fondo del alma de los hombres y los misterios del corazón de las mujeres:

Ain. —Forzar, cuando le plazca, a la naturaleza, y revelarse.
Phe. —Prever todos los acontecimientos futuros que no dependan de un libre albedrío superior, o de una causa inapercibida.

Tsade. —Prestar en el acto a todo el mundo los consuelos más eficaces y los consejos más saludables.

Koph. – Triunfar sobre las adversidades

Resch. — Dominar el amor y el odio.

Schin. —Tener el secreto de las riquezas; ser siempre el amo y no el esclavo. Saber gozar aun en la pobreza y no caer nunca ni en la abyección ni en la miseria.

Thau. —Agregaremos nosotros a estos tres septenarios que el sabio gobierna a los

dementes, aplaca las tempestades, cura las enfermedades con el tacto y resucita los muertos.

Estas son las cosas que Salomón selló con su triple sello. Los iniciados saben y basta. Cuanto a los demás, que rían, que crean, que duden, que amenacen o que tengan miedo, ¿qué importa a la ciencia y qué a nosotros?

Tales son, efectivamente, los resultados de la filosofía oculta, y estamos en condiciones de no tener una acusación de locura o una suposición de charlatanismo al afirmar que todos estos privilegios son reales.
Esto es lo que todo nuestro trabajo, acerca de la filosofía oculta tenderá a demostrar.

La piedra filosofal, la medicina universal, la transmutación de los metales, la cuadratura del círculo y el secreto del movimiento continuo, no son, pues, ni mistificaciones de la ciencia, ni ensueños de la locura; son términos que es preciso comprender en su verdadero sentido, y que manifiestan todos los diferentes usos de un mismo secreto, los diferentes caracteres de una misma operación que se define de una manera más general, llamándola únicamente la gran obra.

Existe asimismo en la naturaleza una fuerza mucho más poderosa, siquiera sea en otra forma que el vapor, y por medio de la cual, un solo hombre que pudiera apoderarse de ella y supiera dirigirla, trastornaría y cambiaría la faz del mundo. Esta fuerza era conocida por los antiguos, y consiste en agente universal cuya ley suprema es el equilibrio y cuya dirección tiende inmediatamente al gran arcano de la magia transcendental. Por medio de la dirección de ese agente, se puede cambiar el orden de las estaciones; producir en la noche fenómenos inherentes al día; corresponder en un instante de uno a otro confín del mundo; ver, como Apolonio, lo que ocurría al otro extremo de la tierra; dara la palabra un éxito y una repercusión universal. Este agente, que apenas se revela ante el tacto de los discípulos de Mesmer, es precisamente lo que los aceptos de la Edad Media llamaba la materia primera de la gran obra. Los gnósticos hacían ígneo el cuerpo del Espíritu Santo, ya él era a quien adoraban en los sitios secretos del sabbat o del templo, bajo la jeroglífica figura del Baphomet o del macho cabrío del Andrógino de Mendés. Todo esto quedará demostrado.

Tales son los secretos de la filosofía oculta; tal se nos aparece la magia en la historia, veámosla, ahora, en los libros y en las obras, en las iniciaciones y en los ritos.
La clave de todas las alegorías mágicas se encuentra en las hojas que hemos señalado y creemos son obra de Hermes. Alrededor de este libro, que se puede llamar la clave de la bóveda de todo el edificio de las ciencias ocultas, vienen a establecerse numerosas leyendas que son o la tradición parcial o el comentario sin cesar, renovado bajo mil distintas formas. Algunas veces, esas ingeniosas fábulas se agrupan armoniosamente y forman una gran epopeya que caracteriza una época, sin que la muchedumbre pueda explicar cómo ni por qué. Así es como la fabulosa historia del Vellocino de Oro, resume, velándolos, los dogmas herméticos y mágicos de Orfeo, y si nos remontamos alas poesías misteriosas de Grecia, veremos cómo los Santuarios de Egipto y la India nos espantan hasta cierto punto con su lujo y nos dejan absortos ante la acumulación de sus riquezas; luego llegamos a la tebaida, esa asombrosa síntesis de todo el dogma presente, pasado y futuro, a esa fábula, por decirlo así, infinita, que toca, como el dios Orfeo, alas dos extremidades del ciclo de la vida humana. ¡Cosa extraña. La siete puertas de Tebas defendidas y atacadas por siete jefes que han jurado sobre la sangre de una víctima, tienen el mismo sentido que los siete sellos del libro sagrado explicado por siete genios, y atacado por un monstruo de siete cabezas, después de haber sido abierto por un cordero vivo e inmolado en el libro alegórico de San Juan! El origen misterioso de Egipto, que se encuentra suspendido como un fruto sagrado sobre un árbol del Cytheron, recuerda los símbolos de Moisés y los relatos del Génesis. Lucha contra su padre y le mata sin conocerle; espantosa profecía de la emancipación ciega de la razón sin la ciencia; después llega enfrente de la esfinge. ¡La esfinge! El símbolo de los símbolos, el enigma eterno para el vulgo, el pedestal del granito de la ciencia de los sabios, el monstruo devorador y silencioso, que manifiesta por su forma invariable el dogma único del gran misterio universal, ¿Cómo el cuaternario se cambia en binario y se explica por el ternario? En otros términos mas emblemáticos, pero más vulgares, ¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro patas, dos al mediodía y tres por la noche? Filosóficamente hablando, ¿cómo el dogma de fuerzas elementales produce el dualismo del Zoroastro y se resume por la triade de Pitágoras y Platón? ¿Cuál es la razón final de las alegorías y de los números, la última palabra de todos los simbolismos? Edipto responde una simple y terrible palabra que mata la esfinge y va a convertir al adivinador en rey de Tebas; la palabra del enigma ¡es el hombre!… ¡Desgraciado! ha visto demasiado bastante claro, y muy pronto expiará su funesta e incompleta clarividencia por una ceguera voluntaria; después desaparecerá en medio de un huracán como todas las civilizaciones que hubiera adivinado un día, sin comprender todo el alcance y todo el misterio, la palabra del enigma de la esfinge. Todo es simbólico y transcendental en esa gigantesca epopeya de los destinos humanos. Los dos hermanos enemigos, manifiestan la segunda parte del gran misterio completado divinamente por el sacrificio de Antígona; después la guerra, la última guerra, los hermanos enemigos muertos el uno por el otro; Capaneo, por el rayo que desafiaba; Anfirao devorado por la tierra, son otras tantas alegorías que llenan de asombro, por su verdad y por su grandeza, a los que penetran el triple sentido hierático. Esquilo, comentado por Balanche, no da más que una débil idea, sean por lo demás, las que fueren las majestades primitivas de Esquilo y la belleza del libro de Balanche.

El libro secreto de la antigua iniciación no era ignorado por Homero que traza el plan y las principales figuras sobre el escudo de Aquiles con una precisión minuciosa. Pero las graciosas ficciones de Homero pronto parecen hacer olvidar las sencillas y abstractas verdades de la revelación primitiva. El hombre se agarra a la forma y olvida la idea; los signos al multiplicarse pierden su poder; la magia también se corrompe en esa época y va a descender con las hechiceras de Tesalia a los más profanos encantamientos. El crimen de Edipo, ha producido sus frutos de muerte y la ciencia del bien y del mal erige a éste en divinidad sacrílega. Los hombres fatigados de la luz se refugian en la sombra de la sustancia corporal: el sueño del vacío que Dios llena, pronto les parece más grande que el mismo Dios y se crea el infierno cuando en el curso de esta obra nos sirvamos de palabras consagradas: Dios, el cielo, el infierno, sepase de una vez por todas, que nosotros nos alejamos tanto del sentido atribuido a estas palabras profanas, como la iniciación esta separada del pensamiento del vulgo.

Fragmento original citado textual de la obra de Eliphas Levi y su tratado sobre la magia.

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